Caos, o mi llegada a Mánchester, da igual

Es que ahora veréis que es así. La salida desde Málaga fue perfecta, pero todos los problemas llegaron al aterrizar en Mánchester.

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Mi primer vuelo, no separé los ojos de la ventana

Más o menos tenía claro qué tenía que hacer para llegar a la residencia de estudiantes donde iba a pasar los próximos cuatro meses, y bueno apunté muchos teléfonos de interés por si pasaba cualquier cosa inesperada. Sólo tenía que coger un tren y bajarme en Salford Crescent.

Digamos que iba un poco agobiado, con dos maletas y la mochila donde llevaba mi portátil. Era ya de noche (aunque en Mánchester es de noche al medio día) y ya estaba dentro del tren activando el roaming y todo lo necesario para poder usar mi móvil. En realidad lo que más me interesaba era poder usar Google Maps para hacerme una idea de dónde estaba y hacia dónde tenía que ir.

Pero claro, lo típico que activas los datos después de unas horas de viaje y te llegan mil mensajes de WhatsApp, ocho sms de Vodafone diciendo que no te preocupes que no te van a meter ningún sablazo porque sus tarifas incluyen roaming, una petición de Ryanair para que valores tu vuelo y un e-mail para completar tu matrícula en Hogwarts. Hostia pues me puse a contestar a todo el mundo (mal hecho) y a comprobar Google Maps como dije antes.

Estaba tan inmerso en consumir mis megas en ese momento que solo me hizo reaccionar el pitido de los maquinistas y el movimiento del tren. Ah, sí, y ver un cartel donde ponía “Salford Crescent” alejándose. Qué buena forma de empezar.

Pensaba que la siguiente parada se encontraría a unos 5 o 10 minutos de trayecto. Mis ganas. 20 minutos o así para llegar a Bolton, un sitio que seguro es bonito y tal pero del que tengo un no muy buen recuerdo. Tenía dos opciones, o cogía un tren de vuelta o cogía un taxi, y siendo las diez de la noche la verdad es que prefería gastarme algunas libras en un taxi que volver a coger un tren.

Qué sorpresa la mía cuando entré en el taxi y le dije al conductor que me llevase a mi residencia de estudiantes y no sabía ni dónde estaba. Por suerte apunté la dirección exacta en el móvil y se la mostré tal cual. Cabe destacar que en ese momento llevaba unas quince libras encima, por supuesto el trayecto fue más caro.

Pero bueno, parece que ya había acabado la serie de infortunios porque por fin llegué a la residencia. Qué putada cuando tuve que hablar con el guardia de seguridad y no entendí una palabra. Amigos míos ya me comentaron que el acento de Mánchester no era el más sencillo de entender, pero bueno me gusta el riesgo. Aunque el hecho de que el señor me llamara por mi segundo apellido (haciendo uso de una fonética puramente británica) tampoco es que fuera de gran ayuda.

En fin, ahora sí que sí, llegué a mi habitación, y di comienzo una de las más importantes experiencias que he vivido hasta la fecha.

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